domingo, 14 de octubre de 2012

Carlos Seco Serrano: «Zapatero tiene una herida familiar de la que no quiere curarse»



sábado, 9 de junio de 2007
Carlos Seco Serrano: «Zapatero tiene una herida familiar de la que no quiere curarse»

POR ANTONIO ASTORGA
Luchando contra el dolor y la miseria a sus 12 años, Carlos Seco Serrano se hizo hombre para sustentar a su familia, sumida por la incivil guerra de la indigencia. Desterró el rencor y desde su indiscutible autoridad ética y moral analiza la España de hoy al hilo de la de «Alfonso XII» (Ariel), su nueva e imprescindible obra.

-Hace más de un siglo Cánovas abrió un prolongado paréntesis al cainismo. ¿Cree que los exaltados se convencerán de que la verdadera democracia descansa sobre la prudencia?
-Esperemos que sí, pero la verdad es que no me fío mucho.

-¿Por qué se sigue cultivando el odio tras una ejemplar Transición que puso fin a la Guerra Civil reconciliando a los españoles?
-Ese odio es lo que me parece absolutamente negativo. La Transición fue uno de los capítulos de nuestra Historia que más nos pueden enorgullecer, o el que más. Y lo que tenemos que agradecer al Rey y al presidente Suárez -que ahora está muy olvidado, pero que realmente fue esencial- es una cosa que no se debe borrar. Me parece lamentable el intento de revisar lo que fue la Transición, porque la Transición fue ejemplar.

-¿La sombra de Caín se alarga sobre esta España actual?
-Puede que me equivoque, pero tengo esa sensación de que la sombra de Caín siempre está presente entre nosotros.

-¿Incluso entre los que están en el poder que se afanan en remover la memoria del terror?
-Yo soy historiador, de modo que no puedo rechazar la memoria histórica. Lo que no puedo es aceptar una memoria histórica totalmente parcial. Un historiador no puede concebir la Historia como un enfrentamiento entre buenos y malos. La misión del historiador está precisamente en buscar o entender la razón de unos y de otros. Cada uno tiene su razón, y el historiador no puede inclinarse por una o por la otra, simplemente tiene que reflejar lo que es la razón de las fuerzas enfrentadas.

-¿La sombra de Caín se proyecta directamente sobre Zapatero?
-Creo que Rodríguez Zapatero es buena persona, de modo que no quiero decir una cosa como esa con respecto a él.

-¿El gran problema de los españoles es que «no hemos sabido digerir nuestra historia»?
-Una de las cosas de las que estoy más orgulloso es haber podido tratar como amigo y admirador a Emilio García Gómez. Y tenía toda la razón en eso.

-Para Zapatero la Transición debió consistir, por parte de la España vencedora, en el contrito reconocimiento de que la razón estaba con la España vencida; y de que sólo en aquella -la vencedora- hubo crímenes y represión...
-Por supuesto que en eso no puedo estar de acuerdo. Y mire usted que por mis condiciones personales podía definirme de una manera parecida a la de Zapatero. El presidente del Gobierno tiene una herida familiar de la que no quiere curarse. Siempre he visto la Guerra Civil como una guerra en la que la culpa la tuvieron unos y otros. No salvo ni a los de la derecha ni a los de la izquierda, y hay que evitar poder llegar otra vez a una situación como esa.

-¿El rencor debe estar excluido en quien gobierna una nación?
-Por supuesto.

-La guerra incivil (como llamó a la tragedia Unamuno) le estalló a usted cuando tenía doce años, en Melilla.
-La viví de lleno porque incluso yo vi declarar el estado de guerra debajo de los balcones de mi casa. Vivíamos en unos pabellones militares, calle por medio de la Comandancia General, y allí bajo nuestros balcones se leyó el documento en el que se declaraba el estado de guerra. Recuerdo que lo hizo don Julio Latorre, que era entonces teniente de la Legión, luego llegó a ser general y hasta Capitán General de Madrid, y que era muy amigo de mi casa. La guerra civil la he vivido muy duramente, y como pocos.

-El alzamiento supuso la pérdida de un padre ejemplar para usted, cuyo único delito fue mantenerse fiel a su superior.
-Mi padre era un militar absolutamente ajeno a la política, pero con una gran lealtad a su jefe, el general Romerales, al que yo conocí muy bien, era una persona excelente, pero tenía una desgracia: era amigo de Azaña con quien coincidió en el colegio de los agustinos de El Escorial. Azaña confiaba en él, y el general era leal a Azaña, y claro cuando se produjo el 17 de julio el gran enemigo era Romerales. Mi padre, que no entraba ni salía en juegos políticos, era un hombre leal a su general, y cuando los conjurados entraron en el despacho de Romerales en la Comandancia de Melilla, el general se rodeó de los militares amigos en los que creía y podía confiar cuando tuvo noticia de que se preparaba un golpe. Los que entraron en el despacho destituyeron al general, que a la semana fue fusilado. Y a los que estaban allí les preguntaron: ¿están con nosotros o con el general? Mi padre se limitó a decir que estaba a las órdenes del general, y le costó la vida.

-¿Sería conveniente un turno de Gobierno en la España actual?
-Eso es inevitable, depende de las urnas. Y afortunadamente ahora ya estamos en una época en que las urnas son sinceras y el sufragio es sincero, y por consiguiente estamos en una democracia auténtica, y cuando no nos gusta una orientación política que esté en el poder es cuestión de esperar la ocasión para desterrarla de donde está, sin más algaradas.

-¿Como en las municipales?
-El resultado de las elecciones municipales, sobre todo en Madrid, ha sido muy significativo. Soy un admirador de Ruiz-Gallardón, si no fuera que a veces se empecina demasiado. Y soy muy admirador y amigo de Esperanza Aguirre, que me parece una mujer extraordinaria, con equilibrio y serenidad de criterio.

-¿El caso De Juana le ha podido pasar factura al PSOE el 27-M?
-Yo creo que sí porque es un caso que ha impactado mucho en la opinión general del país.

-¿Cree usted que el resultado de la municipales es un preludio de cambio en el Gobierno ante las generales que se avecinan?
-Yo creo que sí, probablemente habrá un cambio en las próximas elecciones. Esta especie de consulta general que ha tenido lugar con motivo de las elecciones municipales me parece que preludia un cambio de situación en el Gobierno.

-¿Se «empecina» Gallardón al querer ir en la lista de Rajoy?
-Ruiz-Gallardón nunca oculta sus ambiciones. En tiempos dijo que él quería ser presidente del Gobierno, pues claro todos los políticos quieren serlo, pero el único que lo dice con sinceridad es él, así que me parece lógico que piense así, y me parece normal que lo piense.

-¿La España de «Alfonso XII» (Ariel), que usted estudia en profundidad en su nuevo libro, habría que reivindicarla para la España convulsa y amenazada de hoy?
-Creo que sí. Siempre he sido un gran admirador de Cánovas, el máximo estadista español de nuestra época contemporánea. Y Alfonso XII, un rey muy inteligente y culto, tenía además una virtud que hay que resaltar: su sentido de la lealtad, que profesó siempre a Cánovas, y que iba tan lejos como para a veces contradecir a Cánovas en beneficio del propio Cánovas. Y esa lealtad también se extendía, por supuesto, al general Martínez Campos, que fue el hombre que realmente le puso en el trono. Pero lo que llama la atención de Alfonso XII es que siendo muy joven atesora una cultura insólita con respecto a quienes le precedieron en el trono. Se formó en los centros vitales de Europa. Cuando es adolescente emigra a Francia, Suiza, Austria, estudia en el Theresianum y en Sandhurts. Reúne un cosmopolitismo que le da una visión de conjunto mucho más amplia que la de sus antecesores.

-¿No existen posibilidades de Gobierno sin «transacciones justas, lícitas, honradas e inteligentes», como sostenía Cánovas?
-Es un lema que siempre debían tenerlo en cuenta muchos estadistas, o supuestos estadistas, de nuestro tiempo.

-En contraste con Cánovas, Azaña optó por la intransigencia.
-Ese es el gran error de Azaña, aunque sus panegiristas a lo mejor se lo elogian, pero me parece un gran error. Fundamentalmente hay que tener presente todo lo que viene de atrás, todo lo que hay de razón en la herencia histórica, y romper bruscamente con todo lo pasado, como quiso Azaña. Fue uno de sus grandes errores.

-¿Cree usted que pervive esa intransigencia en la política de hoy?
-En eso afortunadamente hemos avanzado mucho, pero hay criterios de intransigencia, sobre todo en las formas, que no me gustan. En ese sentido me he permitido, aunque no logré publicarlo, llamarle la atención con todos mis respetos ( porque creo que es una figura muy importante de la vida española) al propio Rajoy, por esa tendencia suya a contestar a cualquier intento transaccionista por parte de sus adversarios políticos con un palo.

-La eclosión democrática fue posible en todos los sentidos...
-Bueno, no se puede hablar con exactitud de una democracia en un país que tenía unos condicionamientos sociales que había que superar. Pero en cambio hay una cosa que es efectiva en la época de Cánovas: hay un liberalismo en el sentido moral y cultural que abre una de las etapas más positivas de la Historia española. La etapa de paz de Cánovas o «la paz chiquita», como la llamó Laín. Pues no era tan chiquita esa paz que abrió Cánovas entre los españoles tras un siglo de contienda civil. Se prolongó hasta el final del reinado de Alfonso XIII. Y esa paz dio paso a la «edad de plata» de la cultura española, aunque yo siempre he dicho que habría que calificarla como segunda Edad de Oro, porque es una época extraordinaria que reúne tres generaciones: la del 98, la del 14 y la del 27, que aún no han sido superadas.

-El sistema encarnado por Azaña (la II República) apenas vivió un lustro y desembocó en la peor de nuestras guerras civiles. ¿Hay que fomentar empresas políticas de paz como la canovista?
-Sin duda. En cierto modo reconozco la valía intelectual de Azaña, lo que era la ambición de su empresa política, pero se equivocó en esa manera de conducirse mediante una ruptura radical con todo lo anterior. Fue su gran error y lo que condujo a la crisis final.

-Don Alfonso XII tenía, como Cánovas, una exacta noción de la realidad: la templanza precisa para no dejarse arrastrar por falsas y peligrosas exaltaciones de un patriotismo a lo «marcha de Cádiz».
-Bueno, creo que me entenderán con lo de «marcha de Cádiz». Él era un hombre con una ponderación extraordinaria que se manifiesta sobre todo en sus facetas diplomáticas: en su aproximación a Alemania en un momento en que Francia no era precisamente una gran amiga. Conocía perfectamente Europa, era un rey intelectual y eso le ayudaba muchísimo.

-En el reinado de Alfonso XII las tensiones y los pronunciamientos del periodo isabelino quedaron desplazados por la colaboración constructiva, sobre una plataforma de básico acuerdo: la lealtad a la nueva Monarquía.
-Eso también se debe a que hay una nueva generación en el ciclo de lo que Jesús Pabón llamó «la etapa histórica de los generales». El general Martínez Campos no era un Espartero ni mucho menos. No tenía ambición política, y que se limitó a precipitar la Restauración porque ésta de todas maneras hubiera llegado por los procedimientos que prefería Cánovas: un Parlamento que trajera la Monarquía.

-El «sistema» creado por Cánovas cerró una Guerra Civil y duró más de medio siglo...
-...Es una insólita etapa de paz civil, de prosperidad y de progreso en todos los órdenes.
-Aunque partió de unas «lacras» iniciales y heredadas.
-La gran virtud de Cánovas del Castillo y el canovismo es el sentido de la transacción y de la convivencia, cosa que no suele abundar mucho en los Gobiernos que hoy en día se llevan.

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